domingo, 31 de octubre de 2010

Harael


[Fragmento de una historia jamás acabada T.T]

Me pareció oír algo de “buena suerte” o algo así antes de que alzara el vuelo en mitad de la noche. Lo observé hasta que la mota blanca no fue más grande que una estrella, y luego desapareció. Sentado bajo la protección de un castaño enorme, lejos de la mirada acusadora de la luna, una palabra no dejaba de rondar por mi cabeza: Cros, Cros, Cros,… A un ritmo frenético y redundante que amenazaba con volverme loco de un momento a otro. Y pese a que allí no había nadie y no tenía por qué seguir fingiendo ser un muro de contención no dejé que nada saliera, ni un grito ni un quejido de desesperación. No sé cuánto tiempo estuve allí, no recuerdo si llegué a parpadear o si mis tétricos pulmones se atrevieron a respirar, a pesar de que estaba rodeado por la nada me sentía arrinconado ante un espejo cuyo reflejo me mostraba a un ser débil y enfermizo encerrado en un esquina dirigiendo su vista a la oscuridad con la esperanza de que nadie pudiera verme y confundirme con una sombra en la oscuridad, que no suscitara en nadie la menor atención. Al menos vi el lado bueno (si es que lo había), ya era prácticamente invisible para todos, si alguien pensaba algo para mí, de buena gana sabía que no resultaría ser una felicitación ni nada agradable.

Solo una persona me había hecho ver que no es nada bueno refugiarse en uno mismo en momentos en los que deseas que el mundo te trague de una vez por todas, y solo una persona me había inspirado la confianza suficiente como para confiarle plenamente todo lo que había en mi interior pero esa persona ya no estaba.

-Perdóname –supliqué a la nada en voz baja-… por favor… – sonó tan bajo que rozaba la línea del pensamiento. Algo líquido y salado cayó por mi mejilla ¿Era una lágrima? ¿Era mía o era la de otro que yo había tomado dentro de mí? Aún así ya no había nadie que me la secara, mejor dicho, ella no estaba en aquel oscuro parque para hacerlo, nunca estaría ni allí ni en ningún otro lugar. Nunca más sentiría el cálido tono de su voz tranquilizándome… Nunca… esa palabra calló en silencio como cuando tiras una piedra a un profundo pozo, esperando que llegue el choque contra el agua y se pierda de una vez, pero esa sensación de vacío no desaparecía, seguía cayendo y cayendo bajo mis ojos y no iba a desaparecer.

Tanteé mi pecho con la mano buscando el sitio donde estaba tatuado un enorme cuervo con las alas extendidas y entonces deseé con más fuerzas que nunca arrancarme la piel a tiras y alejar de mí toda huella de todo lo que había convertido mi vida en infierno. Agarré al pájaro con mi uñas y lo intenté matar en vano hasta que un líquido pegajoso y caliente corrió por mis dedos aún así, no cumplí mi deseo de arrancármelo, aunque lo hiciera, las pisadas de los aresons estaban calvadas demasiado hondas como para sacarlas de mí. Mis manos se tensaron ensangrentadas en una postura amenazadora frente a mí, con la intención de destrozar todo lo que pro ellas pasara y sobre todo si eso fuera algo negro y oscuro de piel quebradiza radiante de odio. Me entraron ganas de gritar, de gritar muy fuerte, de alzar tanto mi voz que hasta los humanos pudieran oírme, quería poner mi grito en el cielo mostrando el todo el odio infinito que me suponían todos esos hipócritas que se llaman a sí mismos las reencarnación del bien, del mal y del orden. Nunca les perdonaría. ¡Nunca! Del mismo modo que nunca me perdonaría a mí mismo.

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